lunes, 14 de septiembre de 2009

El Arte Bárbaro Parte 1: Los invasores, los inmigrantes


Las invasiones bárbaras han generado un gran impacto en la visión del arte épico en la actual cultura.

Dependiendo del punto de vista histórico, político y geográfico veremos que las manifestaciones artisticas de las tribus germánicas y asiáticas de finales de la antigüedad reciben un juicio distinto de cada espectador, para los propios bárbaros (usaremos esta palabra por comodidad, no por la connotacion derogativa que puede tener) fue su modo de expresarse como cultura, quizas no tan avanzada en varios aspectos como la de los romanos, pero tan pujante, llena de intereses e inquietudes como las demas.


Un arete de origen ostrogodo, se puede apreciar la delicadeza y capacidad de abstracción de su autor.

Los romanos, dado sus propios gustos y refinamientos, podian hallar estas manifestaciones apenas merecedoras de la denominacion del arte, quizas habiendolas visto como simples salvajismos y tosquedades de aquellos bárbaros que paulatinamente tenian que tolerar cada vez mas en sus ciudades y a los cuales solian contratar como mercenarios.


Para finales del Imperio las legiones, originalmente compuestas por ciudadanos romanos, estaban llenas de reclutas bárbaros.

Los historiadores recientes en cambio, educados con ideales y perspectivas distintas a ambos grupos, hallan el arte de los bárbaros con tanto derecho a existir y ser apreciado como el romano, prefiriendo antes describirlo que juzgarlo.
¿Podriamos decir que esta postura a la larga sera mejor y mas ventajosa? Los patrones para juzgar el arte suelen variar y quizas esta opinión pueda durar, o no.


La caida de Roma significó el fin de una civilización, pero tambien el inicio de otra, en la foto vemos una iglesia Visigoda.

Como cierre para la primera parte sobre nuestra reflexión del arte bárbaro, dejamos un corto pedazo de un cuento del escritor Jorge Luis Borges que explicaria porque eventualmente los bárbaros comenzaron a apreciar el arte romano y lo fundieron con el suyo propio, colocando una de las simientes de nuestra moderna cultura.


Todo inmigrante en todo tiempo vive la experiencia de la impactante visión de una cultura distinta.

Asi mismo, vemos un choque cultural que es capaz de tocar en lo mas profundo del individuo, algo que solo las manifestaciones artísticas de una cultura puede lograr:

"...Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al indivi­duo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvidó y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Stir y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imagi­narlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, ani­moso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que tódas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los' suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido:

Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
Hanc patriam reputans esse, Ravenna, sham.


No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno cíe su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri..."

Historia del guerrero y de la cautiva - El Aleph (1949)
Jorge Luis Borges



La Tumba del ostrogodo Teodorico el Grande, rey de Italia, situada en Ravena.

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